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Encuestas presidenciales en Perú: el favorito suele desinflarse

DDiego Salazar
··7 min de lectura·encuestas presidenciales peruultimas encuestaselecciones peru
a person walking on a sidewalk — Photo by Mikhail Mokrushin on Unsplash

El mapa del Perú en televisión siempre aparece bien ordenadito, con barras de colores y porcentajes redondos. Pero la política peruana casi nunca se porta como un gráfico limpio. Huele más bien a vestuario tras una derrota: sudor, promesas medio torcidas y ese silencio extraño antes del siguiente golpe. Este viernes, 3 de abril de 2026, las últimas encuestas presidenciales volvieron a encender búsquedas y charlas de sobremesa, aunque el patrón viejo sigue ahí, necio como poste mal pintado: en Perú, el candidato que parece favorito con demasiada anticipación suele desinflarse antes de llegar al tramo de verdad.

La prensa vende la idea del liderazgo como si fuera una foto quieta. No lo es. Va de frente. Las encuestas que andan circulando esta semana ponen arriba a nombres conocidos, con Keiko Fujimori otra vez en la parte alta de intención de voto y Rafael López Aliaga dejando una sensación de retroceso, mientras el pelotón que pelea el tercer lugar se aprieta de nuevo, como pasa cuando nadie termina de jalar con fuerza suficiente. Eso alcanza para contar una carrera. Para adivinar el final, no da. Así de simple. En elecciones peruanas, la repetición histórica no premia al puntero temprano; más bien lo expone, lo deja como blanco fijo y le amarra un techo que después pesa, y pesa bastante, como arquero embarrado hasta los botines.

Lo que se repite cuando todos miran la tabla

Basta con recordar algunas curvas recientes, no para jugar al profeta sino para no caer, otra vez, en la misma trampa de siempre. En 2016, Keiko Fujimori ganó la primera vuelta con 39.86%, una diferencia amplia respecto del resto, y aun así perdió el balotaje. En 2021, Pedro Castillo terminó primero en la primera vuelta con 18.92%, un porcentaje bajísimo para ir adelante, señal de un sistema roto y fragmentado; detrás suyo, Keiko entró al segundo tramo con 13.41%. Esos dos datos retratan la dolencia repetida del electorado peruano: liderazgo flojo y volatilidad feroz. El que va arriba no manda. Apenas sobrevive.

Peor todavía para quien quiera convertir encuestas en una apuesta seria: en 2021 participaron 18 fórmulas presidenciales. Dieciocho. Eso licúa votos, abarata liderazgos y vuelve bastante tramposo cualquier titular del tipo “X encabeza”. Ir primero con margen corto en Perú se parece a liderar una maratón de barrio cuando ni siquiera doblaste la esquina, ya sientes la rodilla fastidiada y encima todos te miran como si ya hubieras ganado. Suena feo porque lo es. Yo me quemé hace años apostando por favoritos prematuros en mercados políticos internacionales y de ahí me quedó una lección medio miserable: el público compra nombres; la realidad compra desgaste.

Multitud en un mitin político con banderas y pancartas
Multitud en un mitin político con banderas y pancartas

La encuesta manda titulares; el rechazo manda la elección

Aquí está el detalle incómodo. En Perú no alcanza con medir intención de voto; también hay que medir rechazo, antifavorito, capacidad para aguantar una segunda vuelta y margen real de crecimiento. Mira. Keiko es el caso más evidente porque el país ya la puso dos veces frente a esa pared. Liderar una encuesta teniendo un apellido recontra conocido no equivale a estar cerca de Palacio, y esa diferencia, a mí me parece, está en el centro del análisis. Seco. La historia peruana no castiga al desconocido: castiga al que todos sienten que ya conocen demasiado.

Si uno mira el patrón de los ciclos pasados, aparece otra repetición menos vistosa. Mira. A meses o semanas de una elección, el voto blando se mueve bastante más de lo que admiten los paneles de televisión. No es raro ver saltos de varios puntos en lapsos cortos, porque una parte del electorado decide tarde, cambia tarde y a veces se arrepiente tarde también. Ese votante no se comporta como hincha de tribuna; se parece más al cliente que entra a una cevichería del Rímac, pide convencido y termina cambiando de plato cuando le ve al de al lado algo que se ve mejor. Mala base para enamorarse de cualquier punta momentánea. No da.

Yo no compraría, ni en broma ni simbólicamente, al favorito de abril para cobrar en la meta. Lo digo con esa sinceridad medio áspera que te deja haber botado plata por creer que una tendencia lineal iba a seguir derechito. Nunca sigue recta. En Perú, la campaña ensucia, el archivo salta, el antivoto sube y la fragmentación hace su chamba. Si existiera un mercado maduro de apuestas políticas local, una cuota de 2.20 para el líder de hoy me sonaría hasta tacaña, porque ese precio implica una probabilidad cercana al 45.5% y la historia reciente, mmm, no me da motivos para regalarle tanto.

Donde sí hay lectura, aunque no sea bonita

Más que preguntar quién va primero este viernes, la pregunta útil sería quién tiene menos techo de vidrio. Eso pesa. Es una discusión bastante menos vistosa y bastante más peruana. Un candidato puede marcar 20% o algo parecido en una encuesta nacional y seguir metido en zona de peligro si su rechazo es enorme o si depende demasiado de Lima. La elección peruana viene mostrando, desde hace varios procesos, una separación dura entre voto metropolitano, voto del sur, voto del norte y voto antisistema. Directo. Quien no conecte al menos dos de esos mundos se queda a medio camino, por más que la portada lo disfrace de líder.

Eso ayuda a entender por qué los terceros o cuartos puestos importan más de lo que parece. Si Carlos Álvarez o Roberto Sánchez, nombres que aparecen peleando espacio en mediciones recientes, consiguen consolidar un tramo del voto desencantado, el castigo no se reparte solo entre ellos: también le sacan oxígeno al puntero y te mueven la segunda vuelta posible. Históricamente, en Perú la pelea real no pasa solo por subir; también pasa por arruinarle el cuadro al de arriba. Política de serrucho, qué manera tan elegante de decirlo. Va de frente. Más de una vez la gente apuesta al caballo que viene liderando y termina, bien piña, mirando cómo la carrera en realidad se corre en otro hipódromo.

Traigo ese recuerdo porque los debates y los golpes mediáticos suelen mover más de lo que la soberbia encuestadora admite. En 2021, el tramo final movió preferencias y consolidó rechazos con una velocidad que dejó a más de uno haciendo cuentas en servilletas. No hace falta fingir precisión de cirujano. Basta con aceptar que el sistema peruano es inestable y que esa inestabilidad no es una excepción rara, sino la costumbre, la costumbre de siempre.

Portadas de diarios con titulares sobre elecciones y encuestas
Portadas de diarios con titulares sobre elecciones y encuestas

Qué haría con mi plata si esto fuera una pizarra de cuotas

Ir contra el favorito temprano. Mira. Esa sería mi jugada, y también podría salir mal si el liderazgo actual logra ordenar voto útil y bajar el miedo al “mal menor”, cosa que ya pasó en otros países y que a veces aparece tarde, casi al toque, cuando parecía que ya no había margen. Pero, viendo el historial peruano, prefiero el campo amplio contra el puntero antes que la fe ciega en una encuesta de abril. No porque el líder no pueda ganar, sino porque el costo emocional que la gente paga por creerle a la foto del momento suele ser demasiado alto.

Mi lectura final es amarga, sí, aunque bastante coherente con lo que este país viene repitiendo. Las últimas encuestas presidenciales en Perú sirven más para detectar quién empezó a desgastarse que para coronar a alguien. La historia no está diciendo “apuesta al primero”. Está diciendo algo más incómodo, más terco y más peruano: espera el desgaste, desconfía del entusiasmo y entiende que acá el favorito temprano suele ser apenas el siguiente en caer.

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